La excelencia nace del deseo de crecer y la autoexigencia destructiva nace del miedo a no ser suficiente.
La excelencia te impulsa mientras que la autoexigencia te persigue, te presiona, te juzga.
Una te permite aprender, equivocarte y avanzar. La otra convierte cada error en una prueba de que “deberías hacerlo mejor”.
La disciplina sostiene, la autoexigencia agota, frustra y deja la sensación de que nada alcanza. Eso realmente no te está ayudando a crecer, al contrario te está alejando del disfrute, de la creatividad y de vos misma.
Mi nombre es Estefanía, soy madre, artista, coach y facilitadora creativa.
De chica pintaba todo el tiempo, pasaba horas creando sin pensar en si lo que hacia estaba bien o mal. Pintar era un refugio, un juego, una forma de pasar mis tardes. Pero en algún momento lo dejé de hacer. No recuerdo exactamente cuándo, tal vez a los 12, 13 o 14 años. De a poco aparecieron otras exigencias, otras prioridades y sin darme cuenta, abandoné esa parte de mí. Pasaron muchos años así.
Cada tanto volvía a sacar mis acuarelas del cajón, intentando reencontrarme con algo que había amado profundamente. Pero ya no era disfrute, era frustración, exigencia, y terror a la hoja en blanco. Sentía que había perdido el acceso al juego.
Copiar me ayudaba a sostener el dolor de no saber qué hacer con mis propias ideas, pero en el fondo sabía que eso no era realmente mío. Había creatividad, sí, pero no libertad.
Embarazada de mi hija, volví a intentarlo una vez más, saque del cajón mis materiales, me senté a pintar y otra vez apareció la presión de hacerlo “bien”, la sensación de que cada hoja tenía que demostrar algo. Hasta que un día agarré un cuaderno y escribí en la tapa: “Cuaderno para hacerlo mal”, aunque parezca simple o chistoso ese nombre cambió algo dentro mío, porque en ese cuaderno ya no tenía que demostrar mi talento, no tenía que impresionar a nadie, ni siquiera a mi misma. No tenia que dar ninguna explicación, por primera vez en muchos años, tenía permiso para jugar otra vez.
Ese cuaderno se convirtió en un portal, no solo para volver a pintar, sino para volver a mí, y entendí algo que hoy comparto con muchas mujeres: muchas veces dejamos de crear porque aprendimos a tener miedo a hacerlo mal.
En el primer episodio de mi podcast te cuento un poco más. Escuchalo aquí